La indiferencia duele, y lo peor de que duela es que te lo tienes que callar porque sientes que molestas. Sientes que se te viene el mundo encima cuando esa persona es capaz de mostrarla hacia ti y hacerte sentir por momentos que no le cuesta nada hacerlo.
Lo realmente jodido de la indiferencia es que te hace volver a tener miedo, te hace volver a sentir ese pánico que antes habías llegado a tener y que, sinceramente, era lo peor con lo que podías vivir. La indiferencia te hace aún más vulnerable, te hace sentir que eres un cero a la izquierda y que no importas nada. La indiferencia te hace cuestionarte cómo es capaz esa persona de mostrártela y hacerte pensar mil cosas que realmente sabes que no deberías ni pensar. La indiferencia te destroza, te hace más insegura (mucho más de lo que ya eres y has sido), hace que cuestiones el valor que tienes en la vida, y si realmente mereces la pena.
Quizás es duro, y quizás es machacante todo esto, pero es realmente inevitable pensar ciertas cosas cuando la persona a la que más quieres se permite tener pura indiferencia contigo, cuando tú serías completamente incapaz, cuando te pones en su lugar y sientes lo que podría sentir, cuando te das cuenta de que es algo que nos duele a todos que nos lo hagan, y que SÍ, que soy de las que piensan que si no te gusta que te hagan algo, tampoco lo hagas tú. Y sé que ni por más que quisiera entender algo, podría hacerlo, porque son cosas que no tienen ni pies ni cabeza.
En fin, ojalá a veces hubiera cosas que no tuvieran que pasar. Ojalá se acabaran de una vez los enfados tontos que no llevan a nada más que no sea el estar mal y jodidos uno por otro.