"El mundo era una jodida mierda.
De días grises.
De lluvia que no paraba.
De ganas de mandarlo todo a la mierda.
Entonces aparecías y sonreías.
Se detenía todo. Incluso dejaba
de llover en tus pestañas.
Y te juro que me daba igual
que fuera una mierda, si tú me abrazabas."
Capítulo 1
Años tras nuestros pies y nunca antes me he parado a pensar hasta este año pasado lo especiales que pueden llegar a ser según qué meses. He de reconocer que todo llega para el que sabe esperar, que al final de todo siempre hay alguien que te ve de forma distinta, ese mismo que te demuestra que puedes ser su debilidad en tu totalidad con tan solo mirarle a los ojos y de forma inconsciente apartarle la mirada.
Pude confirmar esto en noviembre, ese mes, nuestro mes. Me hacía a la idea de bastantes cosas pero jamás imaginé que un día en concreto, tan solo un día, fuera capaz de marcarme tanto y de dejarme ser feliz al lado de la persona que más quiero en el mundo. Tenía que hacerlo, no podía rendirme y mucho menos podía dejar escapar a la única persona que desde que había llegado a mi vida la había convertido en algo muchísimo mejor haciéndome sentir de una forma muy especial y bonita. No podía perder nada de eso, y ya no es que tuviera que intentarlo sino que tenía que hacerlo y conseguirlo, y nadie sabe lo orgullosa que me siento de no haber dejado en ningún momento de luchar por la persona que sé y sabía que podía dármelo todo y hacerme tan feliz como algún día podría haberme llegado a imaginar.
Entonces llegó, empezó el penúltimo mes del año y tenía totalmente claro que quería ir sola y exclusivamente para estar con él y por lo tanto hacerle olvidar todo tal y como le había prometido, para demostrarle que por él me recorrería el mundo si hiciera falta y que podíamos estar juntos sin importar nada más, solo nosotros. Iban pasando los días y no había otra cosa en la que pensara, tenía millones de ganas de confirmar que podía irme y así no separarme de él, ganas de tenerle en frente y que no dejara de abrazarme en ningún momento. Llevábamos tantos meses hablando de las ganas que teníamos de vernos que por fin cuando sabíamos que lo íbamos a hacer, nos resultaba increíble, el mejor sueño hecho realidad, dos personas que de verdad tenían y tienen futuro juntos iban a estarlo por fin, centrándose el uno completamente en el otro sin pensar en nada. De repente, el día anterior pude decir con firmeza y con certeza que me iba, sí, Sevilla y el amor de mi vida me estaban esperando para recibirme con los brazos bien abiertos, para hacerme ver que el amor verdadero no tiene barreras y que hay que luchar por él contra todo pronóstico. Recuerdo aquel día como si fuera ayer mismo, incluso soy capaz de volver a sentir ese escalofrío y esos nervios a los que me enfrenté, y es que sin duda alguna esos han sido y siguen siendo a día de hoy los mayores nervios y más bonitos que haya tenido jamás. Recuerdo que seguía sin creerme hasta ese día que por fin le iba a ver, por fin se iba a hacer realidad algo de tanto tiempo, por fin iba a ser capaz de consolidarlo y a partir de ahí empezar algo maravilloso. Eran tantos los nervios que la noche anterior me impidieron conciliar mucho el sueño, hasta el nivel de llegar el día y que mi sueño desapareciera en el momento de subirme a aquel autobús. Casi tres horas de viaje, la primera y única vez que viajaba sola, sentimientos indescriptibles a flor de piel y sobre todo ganas, demasiadas ganas de que llegara aquella hora y empezara uno de los mejores días de mi vida al lado de la persona que después de un año y medio sigue siendo cada día más mi debilidad y lo que más quiero. No puedo negar que por el hecho de ser la primera vez que me iba sola, aquel viaje se me hizo eterno, eso y que mis ganas de llegar aumentaban cada vez más a medida que iba recorriendo todos y cada uno de esos kilómetros hasta llegar a verle. Cuanto más recorría, más increíble me parecía aquello, no dejaba de temblar pensando en que por fin y después de tanto tiempo se estaba cumpliendo mi sueño más predilecto, ese que rondaba todos mis pensamientos cada día desde hacía tantos meses, y al fin llegó.
Llegué a Sevilla, esa ciudad que nunca había visitado como tal y que esta vez iba a ser totalmente diferente. Sevilla…su color especial, y ¡qué color tan especial!, su sonrisa, esa mirada que tiene y que al mirarme fijamente sabe avivar en mí todo ese nido de mariposas. El río Guadalquivir a la derecha, mis ojos con una mirada nerviosa escondida a través de unas gafas de sol observándolo a través de una ventana y miles de pensamientos en mi cabeza haciéndome notar aún más nerviosa y haciéndome saber que estaba a tan solo minutos de estar abrazada a la mejor persona que puede llegar a existir. Poco a poco el autobús iba recorriendo esa pequeña parte de la ciudad hasta llegar a la estación, hasta que sin darme cuenta estaba entrando, atacada, con el corazón a mil, temblando sin ni siquiera tener frío y en un estado de euforia abismal.
Por fin me bajé, no conocía aquello, por lo tanto no sabía ni a donde ir, ni donde estaría esperándome ni nada pero aun así y a pesar de eso vi una rampa por la que supuse que se podría salir a la calle, aunque tampoco dejaba de ver a todo el mundo ir por ahí, me dejé guiar también por eso.
No sabría explicar con exactitud cómo iban aumentando mis nervios a medida que iba avanzando esa rampa, no sabría explicar que lo que sentía dentro de mí era una mezcla de todo y que necesitaba que llegara ese momento. Estaba desorientada, seguía sin saber a donde tenía que ir, lo único que veía desde dentro era el exterior y aun así no sabía exactamente qué tenía que hacer, aunque sabía que le reconocería a la perfección, no dejaba de mirar para un lado y para el otro esperando a que apareciera de repente, entonces solo se me ocurrió una cosa en ese momento, llamarle.
Ring…ring...
—Oye, ¿ dónde estás que no te veo?
—Aquí fuera, ¿y tú dónde estás?
(Grito con voz de niña)
— ¡Ayyyy! ¿Eres el de rosa? — le pregunté.
—Siiiii.
—Vale, ya te veo, voy para allá.
En ese momento y cuando me confirmó que era él, lo primero que hice fue colocarme el pelo, en seguida me dirigí a la salida y le vi, estaba ahí, a tan solo unos metros de mí, de un lado a otro y de espaldas, sin parar quieto y nervioso esperando mi llegada. Me escondí detrás de una columna esperando a darle una sorpresa, le tenía cerca, muy cerca, es más, lo raro es que no se diera cuenta de que estuviera ahí. Tal y como le veía sin dejar de moverse, me esperé a que se quedara completamente de espaldas para aparecer por detrás y darle una muy bonita sorpresa, así que fue eso lo que hice. Cuando me di cuenta de que era la oportunidad, salí de detrás de aquella columna y literalmente tiré la mochila al suelo apartándola de mí, ahí fue cuando poco a poco me acerqué a él y le rodeé por detrás con los brazos, a lo que él se dio la vuelta y me respondió dándome el mayor y mejor de los abrazos, de esos fuertes que consiguen reconstruirte en todo momento, justo de esos. Lo primero que hizo tras abrazarme fue lo que desde hacía tiempo me había dicho que quería hacer aunque me diera muchísima vergüenza, quitarme las gafas de sol y ver esos ojos que tanto le encantaban.
— ¡Qué ojos tan bonitos tienes! El camaleón (entre risas)
—Jo, tengo que tener una cara de dormida increíble, qué vergüenza.
—No pasa nada, ya te dije que lo primero que iba a hacer era quitarte las gafas y mirarte a los ojos.
Tras eso estaba muerta de vergüenza, había sido mirarle a los ojos y no tardar ni un segundo en apartarle la mirada dada la debilidad que me provocaba. Aun con eso no dudé ni un momento en decirle lo guapo que era y estaba, las ganas que tenía de ese momento y de que no me soltara, el tiempo que llevábamos pensando en todo eso y que por fin no me creía que estuviera pasando. Salimos de allí y teníamos Sevilla a nuestra merced, todo el día y toda la tarde juntos, los dos solos disfrutando del maravilloso paisaje que deja ver la capital, un día acompañado de risas, de muchas sonrisas y antes que nada de bastante timidez. Después de tantos meses conociéndonos, me encantó ver a un chico tímido frente a mí, así tan igual a mí sabiendo que yo también lo era, aunque poco a poco me fui desenvolviendo y siendo tal y como soy, dando lo mejor de mí, haciéndole disfrutar, reír a cada paso y sonreír de la forma más bonita que alguien pueda imaginar.
Estuvimos paseando por el río, miraba maravillada al ver ese precioso paisaje que hasta ese momento no había tenido la oportunidad de ver, y qué mejor forma de verlo que con la persona indicada, con la que sabía que estaba siendo la chica más feliz. Tras ese paseo, estuvimos en un parque cercano hablando.
Yo, subida en un banco y alardeando de la locura a la que me someto, no dejaba siquiera de abrazarle, tenía tantas ganas de hacerlo que lo único que quería y me apetecía era hacerlo sin parar y que él hiciera lo mismo, todo esto acompañado de bonitas sonrisas y de una frase que repetí de forma continuada a lo largo del día dándole a entender directamente las ganas que tenía de él y lo enamorada que ya estaba.
—Te voy a comer la sonrisa a besos, te aviso.
Esa era la frase que no dejaba de decirle, y es que con él estaba segura de todo, me había dado cuenta tiempo atrás y me había reconocido a mí misma que me había enamorado de él hasta un nivel estratosférico, y era imposible no tener ganas de todo si era a su lado. Después de aquello fuimos por el centro de Sevilla a comer a un sitio que desde entonces es nuestra costumbre el último día de vernos, el Burger King, un sitio que desde aquel día me parece maravilloso solo porque lo comparto con él, aunque también me crea nostalgia por el hecho de saber que es el último día que estamos juntos. Me invitó a comer aun cuando le puse la típica cara de que quería pagar yo también, su respuesta fue un brote de alegría y gracia que me hizo esbozar una sonrisa y a la vez una carcajada:
—Guarda los billetes del monopoli, anda, que te invito yo.
— ¿Pero qué dices?
—Que lo guardes.
Después de comer y estar tan a gusto el uno con el otro, nos fuimos a dar otro paseo mientras hablábamos. Él ya había perdido la vergüenza y por fin se estaba soltando cada vez más conmigo igual que estaba haciendo yo en cada momento de la mejor forma que podía hacerlo. En un momento de esos y aunque me diera vergüenza, me aventuré a cogerle de la mano, algo que sin dudar hizo él al instante de ver que lo estaba haciendo, era nuestra forma de ir por Sevilla juntos haciéndole ver al mundo que estábamos orgullosos de tenernos aunque todavía no estuviera consolidado del todo. Paseando y enseñándome Sevilla junto a preciosos monumentos como la Giralda, nos sentamos en una fuente, el uno junto al otro y disfrutando de esas vistas maravillosas. Tras eso volvimos al río dando un paseo, aguantando a la típica gente que te pregunta si quieres dar una vuelta en un coche de caballos y tú acompañando eso de un “no, muchas gracias”. Al volver al río, nos quedamos ahí lo que quedaba de tarde, no dejábamos de hablar, de reírnos y compartir momentos verdaderamente sensacionales, dándonos todo el cariño del mundo y demostrándolo después de tantos meses que llevábamos conociéndonos. Aun con ese cariño que me daba, cogiéndome de la mano y agarrándome bien fuerte entre sus brazos dándome los mejores abrazos, tenía muchísimas ganas también de que me acabara dando los mejores besos, y conociéndome, sabía
que yo por mi parte no sería capaz de iniciar eso aunque se lo estuviera diciendo directamente y él también quisiera.
Pasaba la tarde y nuestro bienestar conjunto era espectacular, no hubo nada malo y no podíamos estar más a gusto juntos. Empezaba a hacerse de noche y Sevilla se vestía con sus mejores colores, el puente de Triana a lo lejos, las luces y el reflejo de la luna sobre el río y sobre todo lo más importante, dos personas que sabían que su historia era digna de ser continuada y era tan bonita como para no querer separarse el uno del otro en ningún momento. Fue ahí cuando una vez más no dejaba de abrazarle, me abrazaba por detrás y apoyaba su cabeza sobre mi hombro haciéndome saber que estaba cómodo a mi lado y que le estaba encantando aquel día. De entre todas las cosas que pensaba, una de ellas era que no quería que eso se acabara, una historia así no podía quedarse tan solo en eso y menos después de tantas cosas que habíamos hablado y todo el tiempo que llevábamos conociéndonos y hablando todos los días a todas horas. Abrazada a él y apartándole la mirada continuamente me empezaba a acercar más a él, hasta que me vi dándole un beso en la mejilla con todo el amor del mundo. Ahí, tras ese beso, su respuesta fue empezar a besarme sin parar, fue algo precioso, algo de lo que tenía unas ganas enormes y que a medida que iba pasando me seguía encantando cada vez muchísimo más. No podía creerme que estuviera viviendo algo tan sumamente idílico, juro que no, fue propio de una película, ese momento en el que dos personas se unen apasionadamente con un beso y consiguen que el mundo se pare ante ellos. Mi cara literalmente de tonta no podía ser mejor, estaba tan pero tan a gusto que deseaba que continuara besándome, y lo hacía, me hacía sentir cada vez mejor, me hacía estar cada vez más en las nubes y darme cuenta de que quería que fuera para siempre.
Tras eso y al ver mi cara sonriendo y mordiéndome el labio…
— ¿Qué te pasa?
—Que tenía muchísimas ganas de esto por fin, que me encanta, y me encantas. ¡Qué guapo eres!
—Más guapa eres tú.
—Eso es imposible cariño, y gracias, gracias por esto, por todo y por ser así conmigo.
En ese momento empecé a pensar aún más en que no quería que aquello se acabara jamás porque sin duda me había hecho sentirme la mejor, sentir un amor incondicional y hacer de mí algo increíble. Tras eso y conociéndome, fue imposible no empezar a derramar lágrimas extremadamente sinceras, y no, no eran por nada malo, todo lo contrario, eran porque quería estar así siempre, porque se merecía que alguien le hiciera feliz de verdad y quería ser yo la que lo consiguiera día tras día durante el resto de su vida. Estaba demasiado bien y no quería ni irme, no me quería separar ni de sus brazos, ni de sus labios ni de nada de lo que me había conseguido dar en aquel día tan perfecto. Lo único que supo hacer en ese momento haciéndome sentir una vez más increíble fue empezar a secarme las lágrimas y a decirme que no llorara, y a la par de secarme esas lágrimas, me acogía entre sus brazos de la mejor forma, de una forma demasiado especial.
Después de aquello, nos teníamos que ir, yo había ido ese día para estar con él y después me tenía que ir a casa de una amiga para dormir allí y al día siguiente irme. No me podía hacer siquiera a la idea de tener que irme porque no quería hacerlo pero a pesar de eso, le prometí que no iba a ser la última vez que nos viéramos y que íbamos a estar juntos haciéndonos tan felices como nos merecíamos. Saliendo del río, y en frente de la torre del oro, cruzamos la calle hasta ahí puesto que él se tenía que ir y a mí venían a buscarme. ¡Cómo odio las despedidas!
No me podía creer que tuviera que hacerlo pero antes de ello, no se podía ir sin darle algo que tenía para él, una carta, una preciosa carta que le había escrito desde lo más profundo y para que viera aún más lo enamorada que estaba de él. Se la di con lágrimas en los ojos y le dije que le quería, que no quería que se fuera pero que tampoco iba a ser nuestra primera ni mucho menos última vez, así que se tuvo que ir, dejándome en un banco sentada y diciéndome aún más lo que también me quería. Fue ahí y después de aquel maravilloso día cuando me di todavía más cuenta de lo enamorada que estaba, de cómo una única persona aparte de ser la primera es capaz de darte todo y más haciéndote sentir que puedes volar, me di cuenta de tantas cosas aquel día que lo puedo recordar como si hubiera sido ayer, y he de decir que ese día, aquel precioso 6 de noviembre de 2015 ha sido, es y será uno de los días más bonitos, especiales e importantes de mi vida.